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Domingo 21 de marzo de 2017 •11:30

La historia de Sebastián protege a la de otros que sufrieron de chicos abuso sexual.

 

Foto sebastian

 

Esta historia empieza cuando termina otra. Las de tantos otros abusados sexualmente en la infancia que se juntan los días sábados en el colectivo de pares “Adultxs por los Derechos de la infancia” para hablar. Para contar lo prohibido. Que por la misma razón que se esconde: secreto, silencio, vergüenza, negación, dolor, un día lo pueden visibilizar

 

 

Visibilizar es la palabra que utiliza Sebastián Cuattromo para fijar el momento en que se dio a conocer el caso de abuso sexual que sufrió él mismo, cuando en un juicio oral se condenó a doce años de prisión al ex sacerdote Fernando Picchiochi, docente en el colegio Marianista, en Caballito, donde de adolescente estudiaba. Veinte años después de haber padecido esos abusos y tras doce años de lucha judicial, Sebastián logró que este hombre fuera a la cárcel. También logró en ese momento, hablar públicamente de su caso. Eso le produjo cierto alivio después de haber transitado en soledad con ese silencio que lo torturaba. Pero decidió hacer algo más. Y junto a Silvia Piceda, una compañera (y actual pareja) también abusada que conoció en su transitar por la Justicia, conformaron “Adultxs por los derechos de la infancia”, un grupo de personas que padecieron abusos en su niñez o juventud y que cada sábado se reúnen para intercambiar experiencias. El grupo también se convirtió en un modo de militancia pública para que este tema tabú deje de ser ignorado por la sociedad. “Porque el haber sido víctima o haber tenido una vida de dolor no te quita la posibilidad de ser amado y amar”, dicen.

 

 

Una vez terminado el juicio e incluso durante el proceso otras personas que sufrieron abusos sexuales en su infancia se contactaron con Sebastián. “Sí, eso fue algo que me sorprendió mucho. La mayoría víctimas de abusos intrafamiliares. Muchos me dijeron que nunca lo habían contado. Es que a muchos de nosotros nos cuesta hablar”. Es que este dolor lo padecen 1 de cada 5 niños y, según detallaron, en la Argentina y en occidente en general, tan solo el 10% de los casos llega al conocimiento del Poder Judicial y, dentro de ese universo, solo uno termina en juicio y condena: ese fue el caso de Sebastián. “Me costó mucho tiempo ver lo que había pasado como lo que era: un descomunal abuso de poder, una notable injusticia, una relación dispar, asimétrica”, dice, sobre los abusos sexuales que sufrió cuando tenía trece años. Se sintió aliviado. Cuando el 26 de septiembre de 2012 llegó la sentencia y escuchó con satisfacción el fallo del Tribunal Oral en lo Criminal N°8 que condenó a doce años de prisión por delitos de “corrupción de menores agravada, reiterada y calificada” a su agresor. En su oportunidad contó a los medios sobre el impacto en su vida de esos hechos, sobre la culpa que sentía por no haber podido defenderse de los ataques sexuales, sobre el silencio en el que los mantuvo durante diez años, el momento en que pudo ponerlos en palabras frente a un amigo, su lucha de más de una década para llevar al imputado al juicio y la decisión de hacer pública su historia, como una forma de que su experiencia individual trascenciera. “La sensación de reparación es importante”, dice, aunque no es lo único. Haber podido hacer una ONG para defender los derechos de los niños, y tener una pareja más. Porque para que alguien hable hace falta que otro lo escuche. “Nada como ir juntos a la par”.

 

 

Eduardo Macchiavelli Ministro de Ambiente y Espacio Público de la  Ciudad de Buenos Aires 

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