Prensa
Martes 23 de agosto de 2016 •11:30
Las calesitas de Buenos Aires tienen algo de infancia.
 
Foto calesitas adaptada
 
La música alegre de un chico muy chico. Como el que acabo de ver a la salida de mi oficina, pasando por la calle Defensa casi Finochietto yendo a una reunión.
 
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Iba caminando cuando lo vi de repente, subiendo a la calesita del Parque Lezama y cruzamos miradas. Tan parecida a la mía me pareció que me detuve un momento. Y en ese instante pasado, creí atrapar en el tiempo con él la sortija. Lo acompañaba su abuelo que me contó la historia. Y tal vez por eso y porque se acercaba el Día del niño -fue el viernes pasado-, activé el recuerdo.

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Cuentan que cuando Sarmiento era presidente instalaron cerca de su casa una calesita. Y que cuando la policía intentó desalojarla, el propio Sarmiento se enojó muchísimo, porque le parecía hermoso oír la risa de los chicos frente a su ventana. A mí me pasa lo mismo cuando escuchó su música desde mi oficina, y esta vez de pasada la oí caminando. Hay 55 calesitas que forman parte del valor patrimonial de la Ciudad. La mayoría de ellas se encuentran en parques y en plazas. Y hasta me tenté y quise visitarlas a todas. A la de las plazas Congreso, Almagro, Arenales y porque no Misericordia; y a la de los parques Saavedra, Rivadavia, Chacabuco y el ahora Ecoparque, que tal vez son algunas de las más emblemáticas de la Ciudad.
 
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La primera que se fabricó en la Argentina empezó a funcionar en el año ´43, en un terreno baldío en Hidalgo y Rivadavia. En 1946 fue trasladada al Zoológico, y su música de organito y figuras talladas alegró para siempre la infancia de muchos. También la mía. Recién más tarde se creó la sortija. Pero como les decía, fue justamente su abuelo el que me contó la historia. “Gracias a la calesita conocí a mi señora, y ya pasaron más de sesenta años. Ella llevaba a sus sobrinos con la excusa de verme.
 
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Fue en 1956 cuando las calesitas eran nómadas. Íbamos saltando de potrero en potrero. Todos los calesiteros nos conocíamos y nos avisábamos en qué terreno podíamos poner una. Una vez instalada era increíble el furor que causaba. Pero no duraba más de seis meses y ya teníamos que mudarnos nuevamente. Por suerte ahora no pasa lo mismo”. ¿Le gusta disfrutar de estos momentos con su nieto, no?, le pregunté antes de irme. ¿Qué le parece?, me dijo. -Que no hay como el espacio público para un buen encuentro-.
 
 
Eduardo Macchiavelli Ministro de Ambiente y Espacio Público de la  Ciudad de Buenos Aires 

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